Este primer módulo del curso ha sido muy estimulante, pues hemos visto una serie de conceptos teóricos imprescindibles en el terreno de la introducción a la enseñanza-aprendizaje de segundas lenguas. Pero más allá de las explicaciones teóricas, lo que las ha convertido en significativas ha sido el enlace establecido en todo momento con nuestra experiencia personal como alumnos de L2 que somos y seremos. Y es ahí donde surgen algunos hallazgos y reflexiones con los que inauguro este portfolio.
Me gustaría empezar remarcando una de las ideas con las
que he finalizado el párrafo anterior, la de que somos y seremos alumnos
de L2. Parece evidente que aprender una o diversas lenguas es un proceso que
dura y se enriquece a lo largo de toda la vida (Long Life Learning), y
que esta naturaleza del aprendizaje de lenguas extendido en el tiempo necesita
de un aprendiente responsable y autónomo, que tome las riendas de su progreso
personal. No es tan obvio, en cambio, que los alumnos y usuarios seamos
conscientes de ello ni del potencial que encierra para nuestra inmersión en las
aguas del plurilingüismo.
El Marco común europeo de referencia para las lenguas
(MCER) es el texto que por primera vez explicita, valora e incentiva el Long
Life Learning, sobre todo mediante el documento que le siguió, el Portfolio
europeo de las lenguas (PEL). Ambos documentos, a parte de intentar crear
usuarios conscientes y responsables de su aprendizaje de L2, vienen a poner
patas arriba algunos de los convencimientos con los que, hasta hace poco, convivíamos
felizmente alumnos, usuarios y también algunos docentes de segundas lenguas, a
saber: que un estudiante de L2 alcanzaba su estadio ideal cuando lograba actuar
como un nativo en todas las actividades comunicativas de la lengua, y que aprender
muchos idiomas al mismo tiempo podía entorpecer –en lugar de allanar– ese
camino hacia la perfección.
Y resulta que no. Según las necesidades de uso y los
ámbitos que necesite frecuentar, el alumno desarrollará un nivel de competencia
elevado en aquellas actividades comunicativas de la lengua directamente
relacionadas. Ello dará lugar a un perfil lingüístico desigual, una especie de
escalera multiforme donde podemos observar con claridad nuestras competencias
parciales. Yo misma, como estudiante de inglés que soy durante media vida, he
sentido en numerosas ocasiones la frustración de querer y no poder llegar a
todos los contextos de uso posibles con el inglés aprendido. Pero nadie me dijo
que no era en absoluto menester.
Precisamente, este nuevo giro que están dando para mí los
conceptos relacionados con el aprendizaje-enseñanza de L2 se me presenta de una
manera muy diáfana y real, ya que en enero del próximo año me marcho a trabajar
a Inglaterra, concretamente, a un hotel de Cambridge. Reflexionando sobre el
asunto, veo que si hasta ahora mi competencia con el inglés se centraba
básicamente en el ámbito educativo y en las actividades comunicativas de
producción escrita, distintas serán mis necesidades a partir del año que viene
–y por ende, mi planificación del aprendizaje.
En efecto, tendré que aprender a moverme en el ámbito
público y profesional; es previsible también que allí haga amigos y conocidos,
así que sumaré el ámbito personal a mi nuevo desafío con el inglés. Ni cabe
decir que las actividades comunicativas de producción oral empiezan ya a tomar
un protagonismo en mi aprendizaje que antes no tenían, y como alumna de L2
autónoma y responsable que debo ser, ya estoy tomando las medidas necesarias
para modificar mi perfil, como por ejemplo, asistir a clases privadas para
reforzar mi competencia en producción oral.
Ahora bien, no me olvido de lo poco o lo mucho que sé en
otras lenguas, pues aquí –como hemos indicado más arriba– tanto el MCER como el
PEL también destierran esa creencia de que las lenguas, mejor una a una. En mi
caso, el hecho de haber crecido simultáneamente con dos lenguas –el catalán y
el castellano–, mi pasión por los idiomas y también mi formación como filóloga,
ya me hacía sospechar y confirmar que la competencia plurilingüe es una característica
muy deseable en los alumnos y usuarios de segundas lenguas.
Como ejemplo concreto de mi experiencia, debo decir que cuando
empecé a aprender gallego, el lío inicial entre tres lenguas románicas tan
próximas –catalán, castellano y gallego– era más que considerable. Con un poco
de esfuerzo, logré poner en orden las conexiones que debía o no debía hacer
entre las tres lenguas y, en efecto, la competencia plurilingüe me ayudó
finalmente a interiorizar aquellos aspectos más dificultosos del gallego de una
manera más efectiva que haciéndolo en compartimentos estancos. Así pues, a
parte de confirmar las grandes ventajas de ser un sujeto plurilingüe, también
constaté que tal competencia no se tiene por defecto tan sólo por ser un alumno
o usuario de diversas lenguas, sino que, en primer lugar, hay que tomar conciencia
de todo lo que nos puede ofrecer para, luego, poder trabajar y sacar el mayor
provecho de las conexiones entre las lenguas que conocemos mucho o poco.
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